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Son tiempos difíciles en los que cuesta tal vez encontrar un momento de refugio alejado de estímulos que aguijonean y cansan nuestra mente. Las obligaciones, las cuentas, las deudas, los trabajos, y las responsabilidades dejan poco margen para el respiro y recrearse, para una autopercepción benévola. El griterío constante y la exposición a un desfile de mandatos y exigencias ponen bajo presión nuestra salud mental, lo cual nos aleja cada vez más de ese momento necesario que cobija y contiene. Que desconecta de la realidad, de lo que puede a veces sofocar. Todo empieza a pasar por rendir, cumplir y alcanzar metas. Un circuito que definitivamente, mal internalizado, puede asfixiar. 

Por lo tanto, ¿qué nos pasa cuando el tiempo se nos agota? ¿cuándo en todo momento esa sensación de incómodo malestar nos atraviesa y se mete en nuestros vínculos, nuestras amistades, nuestras parejas?  Cuando el tiempo es ese bien escaso que lo tenemos distribuido entre poco más que ocupaciones y actividades bien dispuestas en el google calendar, si es que lo usamos, toda deriva tramada por la obligación y auto obligación de cumplimentar una grilla planificada o no.

Para comprender mejor el impacto en nuestra psiquis de una vida marcada por el apuro, el rendimiento y el agotamiento podemos asomarnos a la definición que la clínica médica tiene para el estrés: se trata de una respuesta fisiológica del mismo organismo que prepara nuestra mente y cuerpo para situaciones límites. Esta clasificación sostiene que así nos disponemos a afrontar tiempos desafiantes, aunque se aclara que cuando este proceso es intenso o prolongado en el tiempo puede generar problemas de salud.

La enfermedad puede comenzar a desarrollarse en las arterias décadas antes de producir los primeros síntomas. — MDZ

Por eso siempre es importante detectar a tiempo las señales que nos arroja el cuerpo para estar advertidos y actuar en consecuencia, para no enfermarnos y entender qué movimientos podemos hacer para ponernos a salvo.

En la génesis del estrés juegan un cúmulo de factores que van desde el modo de vida que llevamos, las autoexigencias que nos hablan y buscan determinarnos hasta el contexto que nos hiperestimula con sus señales para que ingresemos en el olimpo de las prácticas que nos rigen, las performance que nos validan y los consumos establecidos. Esto es, la subjetividad juega un papel muy relevante en cómo procesamos el estrés

La psicóloga Graciela Conocente, de la delegación Mendoza de la Escuela de Orientación Lacaniana, plantea que la definición de estrés es en realidad “un concepto de la biología y de la medicina, en donde de alguna manera se desresponsabiliza al sujeto. Un concepto que se usa a modo de latiguillo, no hago preguntas”.  

Con esto busca decir que la persona queda inmunizada ante las observaciones que puedan sobrevenir de su entorno y agrega un dato más: “Se empiezan a superponer los conceptos de estrés, angustia y ansiedad, y son conceptos que no tienen que ver una cosa con la otra, pero que sí responden a un modelo.Y la manera de hacer síntomas, por supuesto va a tener que ver con cada quien”. 

Desde el centro de atención psicoanalítica PAUSA, Psicoanálisis Aplicado a las Urgencias Subjetivas de la Actualidad, el licenciado  Nicolás Mascialino, responsable de admisión de la institución, vincula el episodio del estrés con una persona en “urgencia subjetiva, esto es un sujeto que se ve rebasado en sus capacidades simbólicas para elaborar lo que le está sucediendo”. 

Ambos profesionales sostienen que el contexto y las “exigencias superyoicas” son determinantes al momento de medir el nivel de sufrimiento.  “Cuando el sujeto se encuentra con que aquello que se proponía no lo logró, y no lo va a poder lograr, y se encuentra entonces con que el proyecto que tenía es imposible. Son situaciones en las que se presenta un sujeto que no puede elaborar lo que le sucede”, sostiene Mascialino. 

¿Qué nos puede provocar un estrés prolongado?

Las consecuencias físicas de vivir estresados se traducen en malestar en el organismo, con diferentes impactos en los sistemas que regulan nuestros procesos internos como el digestivo, cardiovascular, el nervioso, el inmunitario. Estos síntomas nos desregulan, nos someten a un desgaste profundo y por sobre todas las cosas nos quitan calidad de vida.

Pero en especial el impacto más notorio tiene que ver con nuestra esfera emocional y cognitiva.  La capacidad atencional, nuestra concentración puede verse sumamente afectada ya que nuestra disponibilidad de recursos mentales están tomados por una fuerza mayor y de algún modo nos inhabilita para nuestras tareas, por más cotidianas que sean.

El doctor Sebastián Rauek, neurólogo del Hospital Universitario de Mendoza, diferencia sobre los tipos de estrés y advierte sobre sus efectos. Puntualiza que hay un estrés que es un cambio adaptativo del cuerpo y que nos habilita a sortear situaciones desafiantes y un estrés crónico que nos puede afectar en particular a nivel cognitivo.

“El estrés crónico está claramente demostrado que genera cambios anatómicos a nivel cerebral y que el rendimiento cognitivo se ve deteriorado”, señala Rauek y fundamenta: “durante el estrés crónico se ve alterado el ritmo circadiano que tenemos de liberación de cortisol, lo cual deriva en una hipertrofia de la amígdala, vinculada al estrés y las emociones, y en una atrofia del hipocampo, vinculada a los recuerdos”.

“Lo mismo ocurre con la corteza frontal o prefrontal, que está también relacionada con muchas de las funciones cognitivas. Por todo esto está demostrado que el estrés crónico afecta el desempeño cognitivo, sin duda”, remata Rauek.     

En consecuencia, el estrés puede volverse una manifestación excesiva, que puede enfermarnos, nos puede llevar a tener complicaciones cardíacas, nos baja las defensas, nos quita el sueño, nos genera ansiedad y puede derivar en cuadros depresivos, y sobre todo puede generar agudos episodios de desborde emocional.

También pueden darse problemas para tomar decisiones, saturación mental y fallas en la memoria

El condicionamiento de la época: impossible is nothing

A propósito de las causas que desencadenan un proceso de estrés persistente pueden hallarse problemas de dinero, vínculos fallidos o conflictos repetidos, malestar laboral, autoexigencia desproporcionada y rumiación, experiencias traumáticas, y otras situaciones que terminan lastimándonos nuestro interior.

Para comprender mejor el campo en el que el estrés emerge y se alimenta podemos describir un contexto de época en el que manda la autorrealización personal, las credenciales que cada cual puede mostrar, el reconocimiento que nos valida.

Una conversación sincera con la persona puede convertirse en el primer paso para detectar el sufrimiento y acercar ayuda profesional.

Mascialino sostiene que “hablamos de sujetos angustiados o demasiado sometidos a sus exigencias superyoicas, al empuje a la autorrealización y a la satisfacción permanente. Los sujetos hacen cada vez más y están cada vez más insatisfechos. Así funciona el superyó: como una máquina voraz de imponer satisfacción que cuánto más se le da, más pide. La satisfacción de haber llegado queda absorbida por la exigencia de seguir superándose. Esto puede tener consecuencias directas en la autoestima”.

“Vivimos en un mundo donde hay que ser exitosos, donde las redes sociales muestran eso todo el tiempo y el sujeto se compara con una posición ideal y de satisfacción constante que empuja a impossible is nothing. Como nada es imposible, entonces esa exigencia de satisfacción que nunca se alcanza redobla la exigencia”, puntualiza. 

En tanto, Conocente sostiene que hay “un discurso capitalista como lo denomina Lacan que tiene fuertes incidencias en la relación del sujeto con su cuerpo, la relación del sujeto con el otro, y con los modos de hacer síntomas. Es un discurso que tiene que ver con un rechazo al límite, donde constantemente hay una exigencia superyoica para más, al rendimiento, a la exhibición, a lo cuantificable”.

“Hay toda una construcción imaginaria, por supuesto, de que nos venden, de que mientras más consumís, más vas a alcanzar, más posibilidades vas a tener de alcanzar ese ideal, eso que se propone. Y que eso no te va a significar a vos ningún costo, ninguna pérdida. Nada que implique cansancio, agotamiento, sufrimiento. Eso no es así, en la realidad no es así, es todo lo contrario”, advierte la psicóloga de orientación lacaniana. Es muy afín al discurso capitalista, que no nos cuestionemos. Las respuestas tienen que ser inmediatas, tienen que ser instantáneas, sin mucho laburo”.

Los especialistas sostienen que la sintomatología y el modo de procesar este padecimiento es muy subjetivo, cada quien lo afrontará de acuerdo a sus recursos.

Estos síntomas aparecen de distintas maneras, y eso va a tener que ver con las características personales de cada individuo. A la vez podemos ubicar alguna sintomatología propia de la época, que tienen que ver por ejemplo con la falta de deseo y también aparecen efectos directos en el cuerpo, como las autolesiones, los ataques de pánico, la angustia, las adicciones, las dificultades en el lazo con el otro, para luego desembocar en la soledad, el aburrimiento. 

Mascialino sostiene en tanto que “hay algo del sujeto cuando está activo, cuando está ocupado, cuando está frente a la necesidad de responder, que le permite no encontrarse con la angustia o con ese sin sentido que requiere una elaboración. Entonces, hay cuadros, como por ejemplo el del estrés crónico que pueden sostener una posición en la vida”. Que lo mantienen en una posición en la que no verbalizará o sentirá el abatimiento, hasta que el vacío lo gane definitivamente.

¿Los daños pueden ser irreversibles?

Ante la exposición a una tensión mental permanente, una preocupación común tiene que ver con el impacto que ese desgaste provoca en nuestro sistema nervioso y en nuestros circuitos neuronales. Y hay mucha mitología en torno a lo que nos provocan estos males de nuestra época.

Al respecto Rauek sostiene que ¿hasta qué punto ese estrés crónico genera un daño permanente? Y eso obviamente va a depender del grado de estrés que tenga y de qué tan prolongado sea ese estrés. Entonces en cuanto a esas lesiones cerebrales que produce el estrés crónico, la capacidad de recuperación va a depender de varias cosas”.

Foto: Shutterstock

“Entre ellas, de cuánto dure el estrés, qué tan intenso sea, qué edad tiene el paciente, qué salud general tenga el paciente. Y con salud general me refiero a salud física y salud mental. Entonces, si el paciente tiene recursos también como para sortear ese estrés, por ejemplo, hacer meditación o hacer terapia cognitivo-conductual, eso está demostrado que disminuye los niveles de estrés y puede revertir esos cambios que se generaron durante el periodo de estrés, esos cambios anatómicos”, enfatiza el neurólogo. 

El fantasma del Alzheimer

Como todo proceso interno que ataca zonas sensibles de nuestro cerebro, genera un especial temor en la población sobre su impacto en los circuitos cerebrales. ¿Qué sucede internamente? ¿Qué procesos desencadena? ¿A qué debemos atenernos? ¿Cómo interviene en el normal desarrollo de nuestro funcionamiento neuronal?  

Al respecto aquí Rauek también tiene cosas para decir, que en algún punto sorprende y alecciona. “Hay una proteína relacionada a la enfermedad de Alzheimer, que es la proteína beta-amiloide, y la proteína tau, que son proteínas que producimos permanentemente, pero cuando se produce de más esta proteína, o en realidad no es que se produzca de más, sino que se degrada menos, se empieza a acumular dentro de las neuronas y la otra entre las neuronas, y eso genera esa dificultad para la conexión entre las neuronas y la muerte neuronal”.

La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo progresivo que afecta la memoria, el pensamiento y otras funciones cognitivas.

“Sobre estas dos proteínas, hay un sistema que las barre durante el sueño, y que con el estrés crónico también se afecta esa fase del sueño que hace que estas proteínas se limpien. Entonces también hay estudios que demuestran que estas proteínas en pacientes que tienen estrés crónico se acumulan de más en el cerebro, y es lo que algunos sugieren, que podrían desencadenar enfermedades como la enfermedad de Alzheimer”. 

O sea que la investigación médica de momento ha llegado a relacionar el estrés crónico no solamente con el mal funcionamiento cognitivo, sino que también predispone a generar una enfermedad neurodegenerativa como la enfermedad de Alzheimer, lo cual redobla la necesidad de detectar las señales que se desprenden cuando iniciamos procesos semejantes que nos pueden exponer a una deriva perniciosa.  

Terapias y técnicas para salir y recuperar el control

Y así como precisamos las causas del estrés y también identificamos sus consecuencias que nos impactan en tres planos: físico, emocional y cognitivo, debemos reconocer cuáles son los procesos para recuperar el control de nuestro cuerpo y mente. Existen diferentes técnicas para retomar el equilibrio y movernos en un sendero de tranquilidad y cobijo.

Por esto la salida de estos cuadros es posible, no implica que estemos perdidos y sentenciados para siempre en un estado de alerta perpetuo que nos quema por dentro, sino que el alivio puede sobrevenir y el estado de equilibrio puede recuperarse. Y así como este proceso se reordena, el mismo cuerpo inicia sus procesos de sanación.

Desde el psicoanálisis Conocente sostiene “la posibilidad de que un sujeto se pueda empezar a preguntar sobre su parte en relación a eso. ¿Cómo un sujeto puede hacer frente a esto que viene de manera avasallante hacia él desde afuera? ¿Cómo poder tomar distancia de algo de eso para empezar a armar algo singular, inventar algo? Que va a ser singular para cada quien Exactamente, de acuerdo a la personalidad”.

Mascialino le da mucha entidad al poder de la palabra en la curación. “Mediante la palabra, mediante el poder subjetivar qué es lo que le pasa, o sea, pensar qué tiene que ver él en eso que le pasa, poder pensar cuáles son las determinaciones más subjetivas de lo que le pasa que objetivas. O sea, un sujeto puede estar en una situación de mucha demanda e intentar responder a esa demanda o a esas exigencias. Y sin plantearse realmente cuál es su posición frente a eso”.

Y amplía: “Cuando el sujeto se encuentra con que eso no tiene una solución, va a tener que pensar cuál fue su posición inicial frente a esa demanda y repensar qué otras respuestas puede tener o si tiene que seguir intentando responder a esa demanda”. El modo que tiene el paciente, según él, de desoír la demanda es “mediante la palabra y en caso por caso. No, no hay ninguna técnica”.  

El profesional señala que “estar todo el tiempo ocupado de satisfacer una exigencia y estar muy mal y quejarse por eso, puede estar encubriendo también una angustia muy profunda. Entonces, también hay algo de poder ir más allá de la resistencia a encontrarse con la angustia o con lo no sabido”. Y por las dudas aclara: “Hay veces que encontrarse con lo no sabido puede agravar el cuadro, pero la ética en juego es hacer algo distinto con eso”.

Más allá de la terapia, Rauek propone una guía de alimentación, prácticas y descanso precisa para recuperar nuestro equilibrio interno. Una de las formas de mejorar o disminuir el estrés, es mejorando el sueño. Haciendo ejercicio para disminuir el estrés, con meditación, haciendo terapias de relajación, teniendo una buena alimentación, que se relaciona mucho con la dieta mediterránea, que se basa en el omega 3, que es un lípido que serviría para mejorar todo lo que es la conexión neuronal”. 

Nuevos enfoques y alternativas 

Otras formas que existen para contrarrestar los efectos del estrés, en particular el crónico, puede ser la terapia cognitivo-conductual, que permite identificar y modificar pensamientos negativos y patrones de rumiación; la terapia de aceptación y compromiso, que ayuda a tomar distancia del malestar y recuperar capacidad de acción; y la activación conductual, que promueve la recuperación gradual de actividades y vínculos. 

También se recomiendan técnicas de respiración lenta y relajación muscular para reducir la tensión física y la hiperalerta. De todos modos, cuando aparecen síntomas depresivos persistentes, es fundamental una evaluación profesional para determinar el tratamiento adecuado.

Como complemento, distintas prácticas pueden contribuir a reducir el estrés percibido y mejorar el bienestar general. Entre ellas se encuentran el mindfulness y la meditación, que entrenan la atención y ayudan a disminuir la rumiación; el yoga, el tai chi y el qigong, que combinan movimiento, respiración y conciencia corporal. 

En tanto, la actividad física moderada y los masajes terapéuticos pueden favorecer la relajación. Sin embargo, sus beneficios varían según la persona y la práctica: y para nada reemplazan la psicoterapia ni los tratamientos médicos indicados, especialmente cuando existe un cuadro depresivo.

La recuperación también requiere atender las condiciones cotidianas que sostienen la salud física y mental. Un sueño reparador favorece la memoria, la atención y la regulación emocional; una alimentación suficiente y equilibrada contribuye al funcionamiento del organismo; y la actividad física regular ayuda a mejorar el ánimo y la calidad del descanso. 

También es importante establecer límites a las exigencias laborales, incorporar pausas y preservar espacios personales y vínculos sociales. Sin modificar los factores que perpetúan la sobrecarga, las herramientas terapéuticas pueden resultar insuficientes para recuperar el bienestar.